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VIAJE POR EL PAÍS DE MAURIZIO LANZILLOTTA.

JUAN MANUEL BONET.

El país natal del pintor Maurizio Lanzillotta, al que vuelve periódicamente, y donde ha celebrado algunas individuales y participado en bastantes colectivas, es Italia. Dentro de ella, sus patrias chicas son Campobasso, en Molise, en el Sur; Santa Agata, cerca de la Bolonia de Morandi; y la bizantina Ravena. El país de residencia de Maurizio Lanzillotta, desde pronto hará veinte años, es España, en el centro de cuya capital, justo al lado de la Gran Vía, tiene hoy su vivienda y estudio. Pero debo advertir de entrada que el título de este texto no hace referencia a ninguno de esos dos países, ni al natal ni al adoptivo, sino a un tercer “país de Maurizio Lanzillotta”, país pintado cuya irrealidad sustancial no impide que sea el más suyo de todos: el asombroso territorio imaginario en el que mora.

En estos instantes en que me dispongo a iniciar este viaje imaginario por el país de Maurizio Lanzillotta, viaje en el que me han precedido, entre otros, el llorado José Ramón Danvila, Fernando Huici o más recientemente Eugenio Castro, siempre tan preparado para la aventura onírica, me acuerdo de Charrilandia. También, más atrás en el tiempo, de los respectivos países donde durante tantas décadas moraron Yves Tanguy, Arpad Szenes o Joseph Sima. Tanguy, cuyo país fue dicho inmejorablemente por André Breton en diversos textos –recogidos en su mayoría en la monografía que en el Nueva York de 1946 editó Pierre Matisse-, podía vivir, indiferentemente, en París o en el campo norteamericano: ahí donde estuviera, siempre llevaba consigo su país mental, que es y no es su landa bretona, y del que con paciencia fue explorando todos los rincones, desvelando todos los secretos.

Haciendo memoria, caigo en la cuenta de que lo más antiguo que vi de Maurizio Lanzillotta, al azar de algunos de los premios en los que participó, y en los que yo actué como jurado, no fueron cuadros figurativos, no fueron representaciones de país alguno, sino que fueron cuadros no-figurativos, geométricos, ortogonales. Cuadros ortogonales, mas para nada en el sentido neo-plasticista: en ellos la geometría tiembla, fluctúa, es compatible con cosas que nada tienen que ver con ella. Cuadros –ahora he vuelto a ver con agrado alguno de ellos- de ciertas resonancias irónicamente fifties, y que poseen un aura ciertamente extraña.

Hubo luego un tiempo en que, desde la abstracción, Maurizio Lanzillotta regresó hacia la figura: fantasmagóricos rostros, cuerpos desnudos ocupando la superficie entera del lienzo…

Sin fronteras ni banderas, ni tampoco habitantes pertenecientes al género humano, lo que ha definido Maurizio Lanzillota a lo largo de los últimos años –más o menos desde hace una década- es, sí, un país. Un país en el que, por arte de magia, puede ingresar libremente cualquier persona que se enfrente con la mente despejada a cualquiera de sus cuadros, que constituyen otras tantas puertas de ingreso en el mismo.

País metafísico siempre el de Maurizio Lanzillotta, que no en vano es compatriota de Giorgio de Chirico, y consciente de inscribirse en una cierta tradición italiana hecha de silencio e inquietud, de orden y pasión contenida.

País de la memoria: La fatiga e il piacere della memoria, ha titulado él una reciente individual en su Italia natal, mientras otra, aquí –en 2003, en la desaparecida Galería 57-, la designó, un poco dentro del mismo espíritu, como Landscapes by Heart.

El país de Maurizio Lanzillotta, morosa y meticulosamente pintado, es verde turquesa, azul celeste, gris, blanco nube, amarillo, rosa amanecer… Una suave luz irreal lo baña siempre, que difumina las formas.

En el país onírico de Maurizio Lanzillotta hay cipreses –Cipresso toscano se titula uno de sus cuadros de 2003-, como en el país de Arnold Böcklin, como en el país de Dalí. (Böcklin: un faro compartido por el catalán, y por el italiano, estudiante en Munich).

Como el país de Dalí –recordad: es frecuente oír hablar del lado toscano del Ampurdán-, el de Maurizio Lanzillotta, por lo demás pintado de modo tan distinto, es una tierra llana, ¿un campo basso?

En el país de Maurizio Lanzillotta hay, sobre todo, encinas. De la abstracción a la encina, ha dicho él mismo en un reciente y afortunado subtítulo de exposición, resumen de su trayectoria. Una encina solitaria, reflejándose en el espejo del agua quieta. Campos de encinas, dibujando tramas, con algo de heráldicas. La encina y la nube, su diálogo. “La encina y el mar”, como la primera colección de poesía de Cultura Hispánica, aquella en que coexistían autores de ambos lados del Atlántico. Mares también los ha pinta Maurizio Lanzillotta, pero a este italiano lo que aquí le impresiona especialmente –se lo ha dicho a Eugenio Castro- son el Centro de España, la meseta castellana, y en su infinitud las encinas solitarias, que por mi parte asocio, además de con su obra, con la del zamorano José María Mezquita.

Según confesión propia al mismo escritor y crítico, Castilla es una tierra básica a la hora de la construcción del país de Maurizio Lanzillotta, y sin embargo, desde ese sentimiento castellano, desde esa Castilla que es la misma que cantaron Jorge Guillén o Francisco Pino, y que es también la misma que pintaron Aurelio García Lesmes o Juan Manuel Díaz-Caneja, desde esa Castilla confiesa que siente la necesidad de volver, de volar, mentalmente, hacia la llana Italia septentrional, hacia sus nieblas persistentes. Y de reivindicar la provincia italiana y sus pintores, y muy especialmente a Mattia Moreni, con el que poco tiene que ver su obra desde el punto de vista formal, y del que también he oído hablar con entusiasmo a Tomás Llorens.

Nubes, en el país de Maurizio Lanzillotta. Nubes extrañamente quietas, entre cielo y tierra, como tantas de la pintura antigua de su país. Nubes enredándose en lo más alto de los cipreses. En la memoria, títulos de libros escritos, a uno y otro lado del Atlántico, por miembros de la dispersa cofradía de los amantes hispánicos de las nubes: Las nubes, Ellas, los días y las nubes, Redes para captar la nube, Novela como nube, Nubes en el silencio, La nube y el reloj, Nubes del Este, Nubes en un día de verano, El contemplanubes, Un día, el tiempo, las nubes, Las nubes por dentro. Henri Michaux, sobre las nubes que bajan por las calles de Quito. Xavier Abril: “tú vives lenta y suave en torno de nube antigua”. César Moro, sobre todo: “Eguren fue el Poeta, en su acepción de ser perdido en las nubes”.

Por ejemplo: una nube, en diálogo con una encina. O: una nube, en diálogo con un pez rojo. O: una nube, sobre el mar esplendente, diamantino.
Un pez rojo. Un delfín, como los cantados, en uno de sus poemarios más tardíos, por Stephen Spender.
Pasan, por esta esquina del país en calma de Maurizio Lanzillotta, unos flamencos, perfecta, geométricamente dispuestos sobre el lienzo.
Vuelan los pájaros, libres, en este libre país irreal pintado. Vuelan en la luz, sobre la llanura, sobre las encinas.
Vuelan las cigüeñas simbolistas.
Un conejo de ojos rojos, aturdido, sorprendido en la inmensidad del cuadro, en una de las imágenes más sobrecogedoras del conjunto.
“Entre chien et loup”, la última claridad del crepúsculo, antes de que reinen las tinieblas, pero en el país de Maurizio Lanzillotta son amables los duendes que poblarán estas.
País en calma, en el que hasta los tornados, los vientos racheados y otras inquietantes turbulencias parecen quietos, sobre las carreteras y las encinas y los cables.
Piccola tempesta: desde su título mismo, menor, una tormenta paradójicamente amable, ella también, pulcra, localizada justo encima de una encina.

En algún momento esplendente y especialmente sublime –mas aquí el sentimiento de lo sublime es matizado siempre por la sonrisa, por la ironía: el conejo de ojos rojos, la nube enganchada en lo alto de los cipreses-, el país de Maurizio Lanzillotta se parece, sorprendentemente, al país de Rothko, un pintor abstracto y a la vez, a su manera, metafísico, que por lo demás empezó, no lo olvidemos, del lado del Novecento italiano; un pintor por el que él me confiesa haber estado fuertemente influenciado, en los inicios de su trayectoria, y al que sigue admirando; un pintor en el que a menudo pensamos, cuando contemplamos las nubes, por la ventanilla del avión.

Por cierto, ¿cómo será este país de Maurizio Lanzillotta, contemplado desde un avión?

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