UN DIÁLOGO CON MAURIZIO LANZILLOTTA.
Por Eugenio Castro.
E. Castro - Desde 1987 Maurizio Lanzillotta vive en España. De qué modo ha influido su asentamiento en este país en su arte ha sido descrito en los catálogos de sus dos últimas exposiciones. La primera de ellas se celebró en la Galería 57, en Madrid, entre los meses de abril y mayo de 2003. La segunda, en la Capilla del Oidor, dependiente de la Fundación Colegio del Rey, en Alcalá de Henares, en septiembre-octubre del mismo año. Actualmente trabaja en la preparación de su futura exposición en la Galería Marina Miranda, en su sede de Madrid (1). Pero recordemos, a través de sus propias palabras, en que consistió esa influencia, especialmente en lo que constituiría para él una nueva visión del paisaje.
M. Lanzillotta - Cuando llegué a España conocía ya bastante bien a algunos pintores que amaba desde la universidad. Me refiero a artistas como Tapies, Lucio Muñoz, Saura, y también a otros más jóvenes como José María Sicilia y Miquel Barceló. Al instalarme aquí su influencia se hizo mucho más poderosa y no pude evitar dejarme tentar por ciertas formas de pintar que yo consideraba muy “españolas”. Por lo que se refiere al paisaje me impresionó mucho desde el principio la meseta castellana. Me fascinaban las enormes distancias que podía alcanzar el ojo en cualquier dirección. El vacío, ese vacío inmenso y estremecedor intensificado aún más por la esporádica y solitaria presencia de alguna encina. Tenía la sensación que estos espacios encerraban y dejaban intuir unos misterios insondables, algo difícilmente explicable con palabras y estrechamente relacionado con el espíritu.
E.C. - Muchos años más tarde, tu relación con el paisaje retorna con una expresión nueva, en la que se adivina un reencuentro con el paisaje de la infancia.
M.L. - El recuerdo más intenso y persistente de mi infancia en la llanura Padana es sin duda el de las brumas y nieblas que muy a menudo invadían aquellos lugares. Es probablemente el elemento más extraño y poético (aparte de los inconvenientes y peligros que genera para los conductores) que recuerdo del norte de Italia.
E.C. - En esta nueva aventura, con independencia de tratarse de una figuración “naturalista”, destaca sobre todo una representación que confiere al paisaje una autonomía, constituyéndose en imagen, ¿de qué?
M.L. -¿Una epifania?
E.C. - Al menos tres elementos de tu pintura inducen a pensar que representas un sosiego onírico, un ensueño especular, una cierta beatitud de la naturaleza: la atmósfera brumosa y, al mismo tiempo, cristalina y solar; el juego persistente entre lo de arriba y lo de abajo; la sensación de paz, o por lo menos de calma, común a todas estas pinturas.
M.L. – Acabé uniendo los dos elementos que me fascinaron de los paisajes castellano e italiano. La inmensidad y la bruma que, por otra parte, no son tan diferentes. Ambas crean una sensación muy similar. La amplitud interminable del espacio nítido y vacío acaba pareciéndose a la húmeda y clara vacuidad de la niebla, que, escondiendo a la mirada los elementos del paisaje, manifiesta el mismo sentimiento de soledad, de suspensión del tiempo y de misterio. Finalmente, el tercer elemento, común a todo lo demás y fundamental, es la luz.
E.C. - Llama la atención que la encina, al igual que el tornado, se conviertan en el eje perfectamente simétrico de las escenas. ¿A qué se debe esta vertebración de la imagen?
M.L. – En efecto otra cuestión importante para mí es la simetría. No se trata de algo completamente racional, no hubo un momento en que decidí pintar utilizando estas simetrías, sino que empezaron a aparecer de una forma espontánea y natural. Creo, además, que un cierto sentido de la simetría ha aparecido siempre en mi trabajo, incluso en las abstracciones más viscerales de los primeros años 90. Si quisiera racionalizarlo diría quizás que confiere a la imagen un carácter sagrado o arcano. Anula la sensación de casualidad, de gratuidad caótica. Se trata probablemente de algo que necesito en mi interior; las cosas están donde están por algo: hay significado y misterio.
E.C. - La nube es, también, un protagonista destacado en estos trabajos. Por un lado se presenta como forma especular de la encina, proyectando indistintamente sombra y luz, es decir, una sobra blanca y una sombra sombra. A veces, uno piensa que se trata de una alegoría de lo perdurable, tanto en su manifestación leve (la nube), como en su gravedad (la encina). Pero también, de que es una reflexión sobre la propia pintura: ahí aparecen las transparencias, lo que se da a ver, la luz como sublimación del color, el mismo acto de pintar como tiempo suspendido. ¿Hay algo de esto?
M.L. – Desde luego. ¡Hay todo esto! En relación con la reflexión sobre la propia pintura, me gusta la idea del critico italiano Giulio Guberti, según el cual mi trabajo sería como un revenant de la pintura después de las experiencias vanguardistas: el espíritu de la pintura que vuelve para hacer visible lo invisible. ¿Aparición fantasmal o resurrección?
E.C. - El procedimiento que empleas para crear estos paisajes es sumamente laborioso. Además, frente a la sensación de “inmaterialidad” que pueden dar, cada imagen se compone de una profusión de capas de pintura que favorecen la impresión de densidad que dimana de cada cuadro. Un trabajo de rastreo del pincel hasta casi no dejar huella.
En resumen, de un paisaje inicial inspirado por la fuerza telúrica del paisaje castellano y el trabajo con la materia de los informalistas españoles, al paisaje inspirado por los primitivistas italianos, con su luminosidad sagrada y celebratoria.
¿En dónde se encuentra ahora Maurizio Lanzillotta?
M.L. – Cada vez más en esto último que tú mencionas. Cada vez percibo una mayor nostalgia del “lugar de origen”, pero de una forma más literaria que real. Quizás esto signifique que me estoy haciendo más español, así que lo que fue novedoso y excitante durante los primeros años, ahora representa mi cotidianidad, mientras que encuentro cada vez más irreal, y por lo tanto más poética, mi lejana experiencia de Italia. Durante mi infancia y juventud, a causa del trabajo de mi padre, cambié varias veces de ciudad y de región. Esto me causaba dolor y un sentimiento constante de perdida que me hizo conocer muy a fondo, e incluso amar, el sentimiento de la nostalgia. Creo que, en realidad, ya de adulto me hice emigrante, no por razones de trabajo o por casarme con una extranjera, sino por no perder nunca ese sentimiento, que quizás sea metáfora de una nostalgia existencial. En verdad, creo que no es mucho más que esto lo que quiero expresar en mis cuadros.
Nota:
1.- La galería Marina Miranda tiene su sede original en Oporto (Portugal), fundada inicialmente con el nombre de Sala Maior en 1999. Desde finales de 2003, fecha en que abre espacio en Madrid, en la calle Fúcar, en el área que ya comienza a llamarse el “pasillo de la cultura” (Fundación Thyssen Bornemisza, Paseo del Prado, Caixa Forum, MNCARS y Casa Encendida, además de numerosas galerías), Sala Maior pasa a llamarse Marina Miranda, dirigida por María Marina y Artur Miranda.
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