Sala Maior – Noviembre 2002 Maurizio Lanzillotta – pintura
“Fiori del Cuore”
Maria de Fátima Lambert. Porto, Octubre 2002
(“Perhaps may whisper was already born before my lips.” Osip Mandelshtam)
“...Esta dura serranía que forjó mi cuerpo
y lo abala con tantos recuerdos, me reveló el prodigio
de aquella que no sabe que la vivo y no consigo comprender. (...)”
“(...)Cada cosa está aislada delante de mis sentidos,
que la aceptan impasibles: un ciclo de silencio.
Cada cosa en la oscuridad puedo saberla,
Como se que mi sangre circula en las venas. (...)”
Cesare Pavese –Trabalhar cansa, Lisboa, Ed. Cotovia, 1997.
La piel de la pintura es una expresión que ejerce su pertinencia
en algunos de los autores que propugnan un “retorno a la pintura”.
Una tal reapropiación de la pintura (mas que su reinvención)
el regreso de una tierra donde siempre estuvo, se configura bajo modelos
diferenciados que se adhieren a ideas o intuiciones – o a ambas
cosas...
La pintura no a dejado nunca de estar en la intencionalidad de los autores,
cuyo acto de pintar sea, sin duda, un acto de amar.
La pintura podría en sí mismo ser un arte de amar, parafraseando
a Ovidio, un arte cuya búsqueda no debe de ser incesante, sino
más bien un encuentro iluminado. En Maurizio Lanzillotta ese encuentro
es iluminado a flor de piel; es el caso de quien pinta un desvelamiento
sobre otro desvelamiento, dibujando sucesivos encuentros de alma; imprimiendo
escritos vegetales o caligrafías sinuosas. Es un palimpsesto estético,
suponiendo su opaca materialidad pictórica, aunque jadeando con
voluptuosidad metafísica y casi cosmogónica.
Su arte de amar, la de Ovidio, pero también la de M. Lanzillotta
– viene de la asunción del mito, está en el origen
del mundo – como se ve en la metafórica obra de Gustav Courbet,
hace ya casi siglo y medio...
“Toi aussi, que cherches maniêre àun long amour,
apprends d’abord en quels lieux on rencontré les belles.
Je ne te contraindrai pas, dans cette quête, à partir sur
les
mers et, pour atteindre le but, tu ne devras pas fouler une
longue route.”
Ovide – L’Art d’aimer, Paris, Librairie Arthème
Fayard, 2000
El cuerpo es, por excelencia, templo adecuado para deambulaciones, flaneries,
tanto romanticistas como existenciales. Apollinaire, Benjamin o Herman
Hesse, esos dioses saturninos del devaneo sobre caminos y tiempo, vistieron,
saborearon los paisajes como cuerpos que se aman. Los cuerpos que se aman
se reconocen por las manos aunque apenas como imágenes desprovistas
de carne.
La pintura de Maurizio L. obliga a una perspicacia visual casi entrenada
para el descubrimiento. Por detrás de las veladuras y de la líneas
voluptuosas de los motivos vegetales o geométricos, es la pintura
que exorciza las palabras malditas, la escatología del último
mitema.
Sus episodios organizan un todo cuerpo que es el del humano, no del humano
singular, sino de todo lo humano. Sugieren obsesiva minuciosidad que es
recogida por la seducción, sorbida por la ignorancia del “mas
allá” de la caverna, de cualquier orificio anatomofisiológico:
ombligo, ano, vagina, narices, oídos, ojos ...
La pintura está cautiva de los orificios. La carne que los sostiene
es un territorio sin fin, donde los flâneurs se pierden y se reconocen
casi suicidando sus deseos: “Il y avait une hauteur, moins élevée
qu’une montagne, mais dominant la plaine : c’est de là
que s’elancèrent les malheureux fugitifs”
Pues la carne es territorio donde las desgracias arrebatan el alma, casi
a la buena manera judeocristiana, (Mentes poscartesianas asumen y destruyen
los enigmas del pecado... salven el cuerpo cuando está en la moda
filosófica, hoy!)
“Is something eaten away? If the exterior is eaten away, is it
true,
then, that the sublime pertains by nature only to an exterior that
conceals a core of nonsense? Or does the sublime indeed pertain
to the whole, but ludicrous dust settles upon it?”
Yukio Mishima.
La tradición del cuerpo y su perfume, casi ejercicio enigmático,
comparable a donde Patrick Süskind nos conduce concienciándonos
de olores individuales, olores “auténticos”.
El periplo en pro de descifrar el olor, la fragancia, el aroma o el perfume,
nos conduce, a través de fijaciones, por trozos escogidos de cuerpo,
en una teatralidad anatómica, casi escabrosamente sublime.
El pintor ha seleccionado sus “bocados” de cuerpo como marca,
no de voyeurismo, pero de genuina voluntad de ver, de “dar a ver”
– como nos enseña Paul Eluard.
El cuerpo sublime no esta en el cuerpo-orificio como objeto pintado, sino
en el espíritu de cada uno de nosotros cuando convoca sublimidad.
La categorización de lo sublime – “parcelizado”
– se articula, dialoga en su hermetismo con las fantasmagorías
analíticas que se dibujan, acompañandose de patrones antiguos
de azulejos o de sinuosidades más romanescas, por encima de la
piel de la pintura y sus veleidades (veladuras) - los elementos gráficos
y la veladura protectora nos impide tocar la piel, como si fuera esta
inviolable, algo prohibido en ese cuerpo orificio.
“For that one instant, he felt he had cut through the illusion
of
human time and had experienced it for what it was: as no more
than a blink of the eyes. He had seen an entirely life standing
before him, and it had been collapsed into that one instant.”
Paul Auster – The invention of solitude, faber & faber, London
1982.
La pintura de Maurizio Lanzillotta no escapa a la tradición italiana
de apropiarse del alma de los modelos: en este campo no existe una identidad
nominal afirmada, antes el paradigma supremo, que la celebración
ritual del cuerpo – sobretodo del cuerpo femenino; las evocaciones
del cuerpo masculino sirven nada más, en mi forma de verlo, para
consolidar la consignación precisamente de lo femenino: lo explicita
en su plenitud.
Capaz de infligir la derrota a quien lo ambicione, el cuerpo pintado dueño
de sí, no se entrega a la vista fugaz. El cuerpo disimulado obliga
a la disponibilidad visual para su reconocimiento.
Curiosamente, cuanto mas se distancie el espectador del cuerpo tela, mejor
se reconoce – en términos de percepción. Eso asusta,
ya que los cuerpos se quieren en la proximidad: paradójico, factual,
fatídico y seductor – la distancia genera obsesión;
la obsesión propicia la lucidez. La lucidez que está también
en la visión, aliada fiel a una lucidez auto-gnóstica.
El cuerpo pintado es un síntoma y una causa de ausencia. El cuerpo
pintado es un simulacro; es la recomposición de las faltas de carne,
rechazo del deseo, revuelta de la no existencia. Pero no ignora la efectividad
de su esencia. No la condena, no es por ella condenado, simplemente sabe
existir, sin poseer. La esencia de la carne es la gente que no se da (no
se entrega), sino en la posesión que se tiene cuando se dibuja
el cuerpo en sucesivas camadas de piel absolutamente falsa. La pintura
es un “fake” del cuerpo que no interesa mucho si existe o
si no. Es en alguien: denominado o no nominado. Cuando la pintura del
cuerpo no es un adorno y si una sustancia, se le puede escribir por encima
párrafos interminables de relatos personales: sueños o verdades,
da igual. La escritura sobre un cuerpo que es “fake” puede
ser verdad o no verdad. La escritura toma los sentidos del propio cuerpo,
sin quitarle la dosis de conceptualismo que le confiere el intimista más
extremo: ese flâneur que se pasea en el cuerpo, calcando escrituras,
pisando letras y omitiendo la pronunciación de las palabras.
(Oh! Las célebres razones del cuerpo, de que nos habla Umberto
Galimberti !)
El cuerpo de esta pintura no es de verdad. Así se quiere que sea
para el bien de la pintura; y en detrimento de la idea. Este cuerpo, en
su soledad acrecentada, en la proximidad entre si mismo como el todo deliberadamente
incompleto, gana una autoridad a través de la zona reincidente.
La afirmación, la confirmación de senos, bocas, vaginas
o anos, se apropia de un exceso de sí mismo que casi disuelve dicha
sustancia, tanto semántica como ontológica.
No se hable del “cuerpo sin órganos” , aunque en el
se piense, con el se argumente, tampoco se reduzca el cuerpo a cuerpo
carne, a cuerpo anímico y todas la demás categorías
de “cuerpo” que sirvan como digno abordaje antropo-estético
a dicho – cuerpo! (“Un CsO est faite de telle maniêre
qu’il ne peut étre occupé, peuplé que par des
intensités. Seules les intensités passent et circulent.”)
El cuerpo no se encuentra ni en lo mas mínimo escenificado: es.
Pero sin querer que se sepa (de) quien. Sirve de utópico a los
cuerpos: sin lugar (atípico también...)
El cuerpo nos dice; “te quedas ahí y me dejas hablar a mi”.
Las imágenes pintadas no tienen cuerpo; las imágenes pintadas
no son cuerpo. Se confunden imágenes con cuerpo, se iluden las
imágenes con cuerpo. Pero el cuerpo no esta allá. (“Corps
vidés au lieu de pleins.”) La pintura se toca pero no tiene
el cuerpo allí. Se tiene lo que se quiere donde esté el
cuerpo. Allí está el sitio de pasaje, allí están
los sitios de pasaje, de transición, de iniciación, entre
el cuerpo de fuera y el cuerpo de dentro: los orificios.
Los orificios del cuerpo son lugares mágicos, en donde la piel
y las vísceras conversan, iludiendo las convicciones mas sutiles.
Lugares en donde el aire se enrarece y se expulsa. Así debe de
ser (debería de ser) – si existiese de verdad – sin
ser en pintura que no respira.
Los orificios son en realidad tan simbólicos cuanto ventanas o
puertas, solamente que mas pequeños y normalmente con tendencia
circular. Se encogen o se expanden en consonancia con los objetivos que
se proponen: en la pintura se pueden eludir tales objetivos pues, a través
de las capas translúcidas, se disuelven intenciones, se genera
la fantasmagoría extrema.
A través de los orificios del cuerpo se habla, se ama, se oye,
se huele, se mastica, se sorbe, se expulsa, pero el alma de fuera/dentro
del cuerpo viaja entre dentro y fuera; no se pierde nunca el cuerpo en
el orificio, ni tampoco el alma que es cuerpo. Los orificios son pasajes
– zonas de no permanencia, de instabilidad, de lo efímero.
El orificio es un eslabón, entre el dentro y el fuera.
El ejercicio, el dominio pleno de los orificios, invierte (¿o garantiza?)
aquello a lo que Jean Luc Nancy se refiere como si fuera el corpus-ego.
El corpus-ego “es sin propiedad, sin “egoidad”(y cuanto
más sin egoísmo)”
“Corpus-ego desencadena el sentido, o hace su eslabón
indefinido, discreta travesía de lugar en lugar, de todos los
lugares. Un cuerpo traspasa todos los cuerpos tanto que él
es traspasado por si mismo (...)”
Por otro lado los orificios, de forma tendenciosa, recurren a un tratamiento
pictórico de “pormenor”, de foro del “detalle”,
concordante con la aproximación desarrollada por Daniel Arasse
. Puede concretizarse una historia de las obras de arte, a través
de la importancia atribuida al detalle. Aislándose, en la organización
del todo figurado, un aspecto específico ínfimo. Tal elemento,
el detalle, pasa a gozar de una preponderancia y reafirmación,
concentrándose en si mismo – en su aparente pequeñez
– una pluralidad semántica casi impensable, casi interminable!
La seducción que a lo largo de la iconografía europea (y
no solamente) se centra en la buscada acentuación del detalle,
en particular, en lo tocante a la representación del cuerpo, tiene
aquí su eco actualizado.
El cuerpo, parcelado, dividido, demarcado por el detalle, en la pintura
de Maurizio Lanzillotta, sirve – paradójicamente –
de paisaje (como extensión) para que la escritura en el se inscriba.
Acaba por constituirse en una unidad dividida: cuerpo-paisaje, integrados
como escritura de la identidad del autor. Así como se pintaban
cuerpos (de animales o humanos) traspasados por flechas en las paredes
de las cavernas con la intención de comunicar con otros cuerpos-vivos,
así los orificios de estos cuerpos pintados, los orificios rodeados
de materia-cuerpo, son aseveraciones mágicas.
El cuerpo ha ejercido – desde siempre – como blanco (y modelo)
de exploración inagotable para cualquier artista que se considere
como tal. El artista se ve a si mismo, se ve a los demás, se ve
en los demás. Los toma como suyos: los escoge, los designa, los
domina y después los pierde, aunque no lo aprecie. Los cuerpos
de los demás se ganan así para las obras, en apropiaciones
acrecentadas. Traídos, en la integridad del conocimiento posible,
por el artista, se revelan en modalidades y fragmentos que ora asustan
ora producen emociones indiferentes y, sobre todo, lo ayudan, pues le
conceden el último descubrimiento de si mismo.
“Si nuestro cuerpo, en si mismo, no es mas que un centro de acción
común de nuestros sentidos – si nosotros poseemos el dominio
de
nuestros sentidos – si los podemos hacer actuar a nuestro antojo
– si
lo podemos centrar en comunidad, entonces no depende mas que de
nosotros darnos a nosotros mismos el cuerpo que queremos.”
Los condicionalismos de la percepción, sea del cuerpo propio, sea
de los otros cuerpos, del “cuerpo-otro”, clarifican la verdad:
la percepción es cultural y diferenciada. Los mensajes registrados
en el “yo” por los órganos sensoriales, luego la elaboración
psico- cognitiva y demás conclusiones, resultan de una representación
del mundo plural y multicultural.
(La experimentación afecta a los movimientos de vanguardia, exploró
diferentes visibilidades figurativas, preparadas por la asunción
estética, partiendo de la modernidad baudelairiana. Definitivamente,
el cuerpo para ser visto en el Arte, estaba en estado de experiencia.
Reforzaba su identidad personal, manteniéndose firme y existente,
adelantando las dificultades de su eventual reconocimiento por un público
que se veía a si mismo agredido, pues cada uno se proyectaba en
la imagen figurada de cualquier cuerpo. Aunque, fruto de una no-conciencia,
ese ocultamiento inconsciente de la sensibilidad del público, fabricaba
la angustia de verse deformado, contorsionado, geometrizado, volumetrizado,
edificado, luego ausente. Sustituido por una sintaxis que le era ajena,
sospechaba, rechazaba y sufría mas que yo cuando el violín
o la botella se extendían en planos múltiples y lisos...)
En Maurizio Lanzillotta, el cuerpo es tomado bajo distintas modalidades:
en movimiento, en quietud – conceptos labanianos ; ejercicio de
exploración/conocimiento – auto-gnosis – del cuerpo
propio; para elaboración exterior dando visibilidad para otros,
pero sin nominación individualizada.
Los orificios son también la representación sumergida que
el sujeto (que pinta) se hace del cuerpo (imagen pintada, originada por
un modelo real?)
Los orificios consignan, por la propiedad/posesión sustancial
de un contenido, el cuerpo continente de si mismo. Mantienen el interior,
sin impedir el viaje por el exterior: son un viaje dentro de su “propio
cuarto”...
Los orificios suponen, en cuanto partes integradoras, la imagen del cuerpo,
como un universo coherente y familiar, donde se inscriben sensaciones
previsibles y reconocibles. A los orificios se podrían aplicar
ciertas nociones, por analogía, constitutivas de un pensamiento
fidedigno sobre el cuerpo. Al orificio, tomado en su singularidad (considerándolo
como algo único y originario en si) le esta subyacente una dimensionalidad
psicoanalítica que engloba algunos conceptos imprescindibles:
- los convencionales “fenómenos de frontera”: inconsciente/consciente
determinan la diversidad de imágenes;
- las “pequeñas percepciones” (José Gil), “sensaciones
mínimas” (Fernando Pessoa) son fenómenos no conscientes
– aun que susceptibles de teorización, porque de “fenómenos
de umbral” – donde subyace la efectividad de descontinuidad/continuidad
(entre) en dichos “fenómenos de umbral”.
Coda:
Mas allá de tales acepciones conceptuales, se observa esa dimensión
última, la hermética, que el cuerpo privilegiado en cuanto
“orificio” incorpora: es el lugar, sin lugar... equívoco
y generador:
“El cuerpo tiene necesidad del lugar, pues no se puede concebir
un
cuerpo sin el lugar que ocupa; el cambia en su naturaleza, sus
cambios solo son posibles en el tiempo y por un movimiento de la
naturaleza; las partes del cuerpo no pueden ser unidas sin armonía”
La “flexibilidad visual” del orificio (primer espacio), que
se compacta en el segundo espacio – que es la extensión,
soporta y sostiene, la intervención gráfica. El diseño,
esa flânerie gráfica, que se califica en tercer plano, simultáneamente,
primera camada de “piel” de la pintura, toma diferentes orientaciones
preliminares: escritura – como se ha visto – y inscripción
de motivos asociados a la tradición de las artes decorativas y
visuales. Los motivos vegetales asumen su mayor amplitud en Fiore del
Cuore, cuando esa planta de agua, pasa de la sublimación gráfica
para la densidad de pintura tridimensional, metáfora inexcedible
del erotismo que poetiza.
(“This is what I mos want
unpursued, alone
to reach beyond the light
that I am furthest from.”
Osip Mandelshtam)
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