LA MEDITACIÓN SOBRE EL COLOR.
GIOVANNI BARBERINI.
En el texto más importante que la India nos ha dado sobre la filosofía del Yoga, los “Yogasutra” de Patanjali, se lee: “La concentración es el confinarse de la mente dentro de un área mental limitada, que es el objeto de la concentración. El flujo ininterrumpido de la mente hacia aquel objeto es la meditación”.
Nosotros aquí hablamos de un objeto y de una constante tensión del sujeto hacia aquel objeto: este objeto es el color. Nosotros aquí hablamos de Maurizio Lanzillotta y de su lúcida e ininterrumpida búsqueda sobre el color.
Mas la Realidad, este espejismo al cual el hombre se acerca en infinitas aproximaciones – ¿No es – precisamente según una entre las más nobles de tales aproximaciones – color y nada más? ¿No son los siete colores del puente arcoiris el símbolo de la diferenciación definida pero infinitamente matizada de aquella Realidad? ¿No significa el atravesar ese puente, llegar al otro lado, donde aquella Realidad puede quizás ser aprehendida con mayor claridad?
La meditación sobre el color es entonces una meditación sobre la estructura misma de la Realidad, la paciente y difícil tentativa de ver con mayor claridad, más allá de los fáciles reduccionismos con los cuales esta Realidad es etiquetada por todo conformismo y por toda ideología.
En una sociedad que se alimenta especialmente de tales conformismos, sean de naturaleza política, científica, religiosa o también artística, meditar con severidad y serenidad al mismo tiempo sobre la compleja trama de la Realidad a través de su manifestación cromática, parece ser una tentativa que puede ser definida como “ética”, en cuanto que hace de la honestidad intelectual su criterio constitutivo y en cuanto que proyecta la superación de las ilusiones a través de un uso no banal de la mente concentrada. Por otra parte, el logro de un estado “ético”, donde la posición del hombre en el cosmos se caracterice por la dignidad y la ecuanimidad, en contra de los ciegos absolutismos, es la condición necesaria para recorrer el camino hacia la verdadera investigación metafísica, como Platón y Confucio nos han enseñado.
Si, platónicamente, Bello y Verdadero coinciden y convergen en aquella noción aún más fundamental y originaria que es el Bien, idea que sostiene toda otra idea en la tensión de su realización, entonces una metafísica de la belleza en cuanto metafísica del color coincide, no sólo con la búsqueda de la estructura misma de la Realidad, sino también y sobre todo con una teoría de la evolución, con una estrategia de la evolución, en la dirección que aquella Madre de las Ideas sugiere incesantemente al hombre.
Antes nos hemos referido a la paciencia y a la no interrupción del trabajo de Maurizio Lanzillotta; la paciencia es una cualidad cuya posesión es preliminar a la victoria sobre el tiempo, así que es de valor inestimable. Emprender un trabajo sabiendo que no hay prisa, pero que tampoco se puede perder tiempo, ayuda a tener aquella actitud que es la única posible para quien quiere dar a su búsqueda el carácter de la honestidad y de la radicalidad, considerando que esa búsqueda, para estar a la altura de la infinidad de lo Real, puede y tiene que seguir en eterno y ¿cuánta paciencia se necesita si tenemos delante lo Eterno, sabiendo como sabemos que es inevitable?
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