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(Traducción de una parte del texto de Giulio Guberti publicado en el catalogo, en formato CD, de la exposición de M. Lanzillotta en la Galleria del Museo dell'Arredo Contemporaneo de Ravena, en Noviembre de 2000.)

Octuplo Sendero

Ravenna, 2000 Giulio Guberti

Un laico occidental podría decir que Maurizio Lanzillotta pinta "ectoplasmas" (fuera del cuerpo) o "auras" (del latín aura, soplo; no aureola, como muchos creen, que deriva en cambio de auro, oro); un cristiano decir que pinta "almas" (del griego ánemos, viento, soplo); un ocultista decir que pinta "espíritus" (del latín, soplar, espirar). Cualquiera que sea la etimología nos encontramos con substancias volátiles que nos recuerdan el viento, que sopla y espira; pero espirar significa también morir. Creo que sería un error utilizar estos términos a propósito de la pintura de Maurizio que, en mi opinión, no tiene ninguna relación con la muerte entendida en el sentido occidental. El es un "cultor" de filosofías y religiones orientales y considera que, entre "pensamiento" occidental y oriental, habría por lo menos que encontrar un enlace. Para los orientales la muerte es un tránsito hacia sucesivas transmigraciones. La realidad misma es algo que va más allá de los sentidos y se puede conocer o percibir a través de la virtud y la meditación: algo interior que se parece un poco a las ideas platónicas (por lo cual el arte sería una "copia de copia" o mimesis). Pero resulta que, para los orientales, no hay separación entre las ideas y la materia y también el cuerpo tiene una "nobleza" que tiene que ser respetada. La experiencia misma del Buda lo lleva a escoger el "camino medio", entre el hedonismo por un lado y la mortificación del cuerpo por el otro. Y desde este punto de vista el arte no es "copia" ni mucho menos. Un "copia de copia", si no uno de los senderos posibles que llevan a la iluminación. La práctica artística, si es acompañada por el "Octuplo Sendero" (recto conocimiento, recto pensamiento, recta palabra, recta acción, recta vida, recta memoria, recta concentración, recta meditación), se transforma ella misma en un vehículo para conseguir un estado de gracia. El arte ayuda a ir más allá de la realidad de los sentidos, (realidad que queda de todos modos indefinible - de aquí las acusaciones de nihilismo) pero sin la posibilidad de una total abstracción de la misma: es una forma para exteriorizar lo interior, como se puede verificar observando las obras que adornan los templos y los monasterios orientales. Según algunas tendencias budistas el hombre tiene una precisa responsabilidad en el mundo, una precisa individualidad. Y de hecho su salvación es individual; él por si solo puede llegar a ser un arhat (aquel que es digno) y a través de la virtud llegar al nirvana que es la extinción del dolor. Veremos, en las pinturas de Maurizio, que no se trata de una operación fácil y, si a veces puede suceder, se manifiesta como una especie de catarsis; otras veces el hombre es víctima de la desesperación por haber fallado y este estado se manifiesta con el grito, la mueca, la deformación. No es mi intención hablar en pocas líneas de una sabiduría que tiene miles de años y que está recogida en millones de libros, quiero solo precisar que detrás de (quizás sería mejor decir in contemporánea a) la pintura de Maurizio hay un "modelo" teórico. Se sabe que la vanguardia siempre ha rechazado los modelos en búsqueda del significante puro, autónomo respecto a todo tipo de vínculo con la sociedad e, incluso, a todo significado (otra forma, también esta, de nihilismo), aunque alguien ha querido ver, por ejemplo en Duchamp o en otros artistas, un modelo alquímico. De todas maneras la pintura de Maurizio parece precisamente indicarnos que estamos fuera de la vanguardia, más allá de la tarda modernità, en busca de una superación del nihilismo, pero no hasta el punto de serle totalmente extraña, como en otros contemporáneos. En efecto su historia personal de arhat del arte se inserta en la historia más general del arte del novecento, y se nos presenta de alguna forma, contemporáneamente, como su continuación y su ruptura. Arte moderno que, como se sabe, ha sido no poco influenciado por el arte y la filosofía orientales. Ahora esta influencia, en el caso de Maurizio Lanzillotta, se hace formalmente occidental aún inspirándose en significados filosóficos y religiosos orientales. Esta es su contribución a la síntesis entre dos culturas que, en el momento de la globalización, significa profundo respeto por ambas. 

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Maurizio Lanzillotta, después de varias experiencias juveniles, se enamora de la pintura de Rothko: recuerdo que vimos juntos una gran muestra del pintor americano en Madrid. La pintura de Rothko, de gran sugestión y calidad, introduce en un espacio-tiempo otro que parece acoger el "vacío" de la meditación budista: una realidad indefinible que corresponde al silencio místico en el cual color y luz se integran en un abrazo vacío de respuestas. Obviamente para Maurizio no se trataba de "copiar" al artista americano, sino más bien de intentar exprimir los últimos acordes de aquel "sonido psíquico" del cual hablaba Kandinskij. Una operación di alta fattura acompañada por un fuerte sentido ético y estético. Y así ha seguido durante años hasta el agotamiento que lo ha llevado a los monocromos: a la luz que ilumina uniformemente. No una operación alla moda, como quizás por otros artistas, si no un "recto obrar” hasta la extenuación, el "vacío" precisamente, hasta la iluminación que precede la nada. También para el, llegado este punto, se prospectaba una "reencarnación pictórica". Mas su desapego ha sido suave, un "recurso" en el cual su precedente búsqueda no tenia que perderse y desaparecer: reempezando precisamente por los monocromos. Y así, con una paciencia certosina, con un ejercicio también físico de continuo acercamiento y alejamiento de la tela, han empezado a aparecer las caras de los iluminados y de los desesperados. Si es verdad que el pintor mira la tela pero también es mirado por esta, Maurizio se ha espejado en la luz de sus monocromos y estos se han reflejado en los ojos del pintor. Y aquellas imágenes que no se veían de cerca, empiezan a aparecer mirando la tela de lejos: como si la materia opusiera una cierta resistencia a hacerse plasmar y solamente la distancia pudiera destilar paradójicamente una forma difusa. Una compenetración todavía difícil de la vida y del arte después de la separación obrada por las vanguardias.

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