Una rosa es una rosa es una rosa.
Fernando Huici
El cuadro como objeto, la pintura como pintura, el color como color, pintura
y color como objetos, los objetos como objetos; las palabras y las cosas,
y cada cosa, en su lugar, se muestra a si misma.
Afincado desde hace unos años en esta ciudad, el joven pintor italiano
Maurizio Lanzillotta nos presenta su primera muestra personal justo ahora
cuando su pintura alcanza un punto particular de densidad y transparencia,
densidad objetiva y transparencia mental.
Cruce y tensión entre dos campos poéticos diafanamente delimitados,
la pintura y la palabra, dos materiales objetivos abiertos al vértigo
de sus propias resonancias interiores. Tal ha sido, en estos años
de búsqueda, un eco obsesivo en el hacer de Lanzillotta. Estrategia
escolar, pero constante, hasta alcanzar un punto feliz en la delimitación
geométrica y conceptual de cada territorio.
Emancipar el lugar de la pintura y el lugar de las imágenes, eludiendo,
o haciendo otra, esa equivoca frontera - disolución de limites
- del dibujo. Pero hacer que ambos ámbitos confluyan, más
cerca de la mellada silueta del puzzle que de la híbrida fusión
visual del collage, en ese campo objetivado que llamamos cuadro.
Y plantear el método antes desde la presentación que desde
la representación. Así las cosas, cada cual en su lugar,
nítidos los juegos de lenguaje, todo es ya licencia poética
y sensual. El particular temblor que alcanza la obra última de
Lanzillotta nace, precisamente, de esa torsión grácil con
que salta, con impecable naturalidad, desde esa escrupulosa reserva conceptual,
de casi inocente ascetismo en su actitud inicial, hasta la suntuosa y
abismal tarea de matización que, como la pátina del tiempo,
se extrae ya, afanosamente, de la fuente material de cada elemento confrontado.
Avivar si, de entrada, la conciencia de que una rosa es una rosa es una
rosa, más preservando en ese esfuerzo todo el embriagante dédalo
mnemónico que remueve su aroma.
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