ARQUITECTURA Y NATURALEZA.
JAVIER RUBIO NOMBLOT.
En sus dos libros clásicos, Arte e ilusión (1960) y El sentido del orden (1979), Ernst Gombrich habló de unos “modelos mínimos”, esquemas o “patrones de orden” que los humanos tendemos intuitivamente a percibir –podríamos decir también que a buscar o imaginar- en la naturaleza.
La regularidad, la repetición, nos tranquilizan y nos agradan -Kierkegaard, Freud y Lacan estudiaron nuestra tendencia a repetir incluso las experiencias más traumáticas- y la geometría de la naturaleza, que es excesivamente compleja, nos inquieta.
Nunca hemos podido vivir en ese caos. Nosotros siempre ponemos orden de un modo u otro, conceptual y formalmente: desde épocas remotas –el dolmen, el zigurat…-, el paisaje artificial que creamos muestra formas ideales o figuras geométricas simples.
Los artistas, decía Gombrich, se valen de estas formas elementales para aproximarse al objeto e interpretarlo; y si en el arte clásico o en el Renacimiento la totalidad de lo visible se somete a estos esquemas rígidos, en el romanticismo el paisaje y la vida tienden más bien a manifestar, a revelar la existencia de estas fuerzas subyacentes.
Hoy tal vez hayamos perdido la fe en ambas posibilidades, pero el problema de fondo subsiste. En forma de esperanza -¿transita el hombre, como sugería Paul Valéry, por un bosque de símbolos?- o de posibilidad imposible, como lo querría el surrealismo.
Aunque Maurizio Lanzillotta se centra –desde hace ya bastantes años- en el paisaje y Mª Luisa de Mendoza pinta –exclusivamente- arquitecturas, el diálogo entre las obras de estos dos artistas revela que existe un punto de unión entre ellas; y se encuentra éste precisamente allí donde la búsqueda de figuras geométricas en el paisaje se vuelve más urgente o necesaria: la geometría humaniza el mundo, es portadora de sentido; es la señal de que existe algo más allá de un devenir caótico.
A caballo entre la pittura metafisica y un surrealismo a la magritiana, Maurizio Lanzillotta se sitúa en la estela de los pintores de lo maravilloso: sus cuadros tratan de conjunciones y conjuras, de fugaces destellos, de relaciones propiciadas por la geometría; instantes en los que el paisaje revela la existencia de una relación entre el hombre y el universo pero, también, ofrece detalles de su estructura íntima: una reiteración, a distintas escalas y con diversas materias, de ciertos patrones básicos.
La mirada del esteta, más que la del científico o la del filósofo, es la que desvela este orden mágico. Pero si Lanzillotta lo percibe en la naturaleza, Mª Luisa de Mendoza lo persigue en el paisaje urbano: la artista también mira hacia lo alto y en el perfil de la ciudad encuentra ciertas fracturas, ambigüedades, fenómenos que son igualmente extraordinarios precisamente porque lo geométrico nunca es neutro e inofensivo. La geometría está inscrita en el corazón de la forma –ya sea orgánica o inorgánica-, determina su desarrollo y actúa sobre el espectador: no sólo buscamos el orden, sino que éste nos modela a nosotros.
Todo cuadro es composición y en toda composición hay una parte de la estructura íntima de todas las cosas.
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